Un precipicio llamado tú, pero volcado.



(De sueños, de tiempo y de viento)

He vuelto a soñar contigo: joder, estás guapo de cualquier manera.

Sueño que sigues sin querer quererme, o sin sentirlo, o sin decirlo por si se rompe, y sigue siendo extraño.

Y yo lo agradezco. Ya no duele.

Pero estás guapo, y eso me hace cosquillas hasta el punto de hacerme creer que aún puedo llevar a mi paladar la felicidad y cifrarla en un sabor que todavía no existe. O no se ha dicho. Me creo capaz y es solo porque te quise.

Sueño que después siempre te lo piensas, como si por absurdo tal cosa pudiera hacerse -pensarse el amor, razonarlo-. Pero claro, en los sueños todo vale y todo es limpio, de una limpieza diferente en la que la bruma no toma parte y todo queda en el aire, sin nitidez posible para desentramar las mentiras. Y yo me lo creo. Me lo creo porque tu boca quiere sembrarme flores en los pulmones.

Vuelves y me entregas una carta que no llego a distinguir si está escrita en papel o en tus ojos y en tus labios. Los sueños siempre son extraños, tienen su propio lenguaje.

Vuelves y me llenas de palabras. Tantas y con tanto sabor a casa que siento que me acaricias por fin, y de nuevo, el alma, y que puedo descansar los brazos y plantar mis maletas.

Leo y al final resuenan solo unas pocas en mi caja torácica. Respiro tranquilo. Dices: vamos a construír algo bonito, juntos.

Algo bonito.

Y yo bailo frente al espejo. Vislumbro un viejecillo que se me asemeja, que ha perdido memoria, al que le tiemblan las manos, cuyo rostro está agrietado y desgastado, y parece vulnerable y frágil, pero en sus ojos aún brilla un recuerdo firme de solo dos letras: tú. Hay un precipicio que lleva tu nombre, pero volcado, dado la vuelta, como si lanzarse fuera a llevarme a volar a las nubes.

Alargo mi cama y, aún soñando, imagino toda una vida contigo, conmigo.

Joder, qué lástima. Cuánta belleza dejamos tirada por el camino.

 

Despierto, en mi cama de noventa, en mi fuerte para valientes, allí donde ya nadie entra, en el mismo lugar donde inventé con mis manos sobre mi cuerpo cómo llamaríamos a nuestro pequeño.

Despierto, y tú que no estás porque te llevaste la palabra tiempo.

Yo no soy el que era contigo porque me agarré a la palabra viento.

Vuelo…

 

He vuelto a soñar contigo como quien se permite un último baile, o un orgasmo sin prisa y con sudor para volver a dejar que el mago bese a la magia.

He recordado que ya hace mucho que no nos contamos lo que soñamos.

De hecho, no nos contamos nada.

Y qué suerte.

Saber que no depende de ti corroborar que mi corazón late.

Las manchas enseñan a vivir pero la vida no es un anuncio de detergentes.

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Las manchas enseñan a vivir pero esto no es un anuncio de detergente.

 

El otro día mientras caminaba con algo de prisa presencié una escena triste, muy triste, quizá no tan verdaderamente dolorosa y triste como las noticias tristes que nos inyectan sin anestesia por los telediarios de canales de televisión tristes, pero me hizo frenar la marcha y dejé, sin querer o queriendo, que lloviera un vendaval triste sobre mi cabeza.

Me puse algo triste.

Y no paré de escribir en mi mente hasta que llegué a casa para darle a mi tristeza una respuesta que le valiese.

Porque la tristeza es así y necesita muchas veces simplemente eso: palabras que le recuerden que la alegría existe.

 

Vi a dos niños frente a un enorme charco del tamaño de un océano, tentándolo. Lo miraban como quien es capitán de un ejército pequeño y en frente, en el campo de batalla, tiene a la armada invencible, pero con la absoluta convicción de que es justo ahí donde reside la gracia: en intentarlo, en no construirle muros a las ganas. Que las ganas, ya lo dice la palabra, van buscando la victoria. Entonces, el pequeño, de unos cinco años, tomando el mando, retó con la mirada al otro, unos dos años mayor, y se insinúo con aires desafiantes que denotaban un ‘ya no hay vuelta atrás’ rugiendo en lo brillante de sus ojos. El mayor cambió su semblante en un santiamén, se enfundó en su disfraz de primogénito, y le vociferó con un tono amenazador:

 

– ¡David -que así se llamaba el pequeño-, como te metas en ese charco te la vas a llevar! ¿Eres tonto o qué? Que te vas a manchar y a poner perdido, y las zapatillas están nuevas, y luego verás…

 

Cualquiera podría pensar por tal comentario que bueno, son cosas que sueltan los niños –estos chiquillos…-, que a menudo no hacen más que reproducir frases de librillo dichas por sus padres, pero que ellos, en realidad, apenas entienden ni papa de lo que están diciendo. Algo me dijo que yo estaba viendo otra cosa: a un pequeño coronel al que ya le habían contado el truco hasta matar a la magia, y le habían desvelado que los tres reyes magos viven como cualquier persona en cualquier casa. Goliat, que así se llamaba el hermano mayor de 7 años, parecía querer mantener una actitud correcta, ordenada, ejemplar y cuidada. Sobre todo con tal de no enfadar a sus padres, que ya suficiente tienen con sus trabajos serios y su hipoteca seria, muy seria, firmada con un bolígrafo serio y caro propiedad del banco -serio, por supuesto-, para poder tener un techo serio en el que vivir sus vidas serias, hasta que mueran.

La vida nunca debería ser vista como algo serio.

Qué desgracia.

 

Total, que el pequeño David refunfuñó y resopló como dejando escapar al aire esos polvos mágicos que solo fabricamos cuando habitamos la infancia, y se resignó a acompañar a su hermano hasta el banco en el que estaban sentados sus padres, sin dirigirse la palabra y sin quitar ojo de sus teléfonos móviles.

 

– Aquí sentaditos -dijo la madre mientras hojeaba y contestaba unos cuantos whatsapp

– Eso -añadió el padre con un tono de voz tan hostil y tan seco que la risa se les hizo desierto, y el desierto se les vació de estrellas.

Y así se fueron del parque aquella tarde: correctos, con la espalda bien recta, ordenados, sin saltar ni correr, ni subirse a ningún banco, ni gritar por todo lo alto, ni jugar a hacer de las rayas blancas de los pasos de cebra una balsa donde no pueden subir los cocodrilos, ni hacer el tonto, ni nada de nada; de nada, monada.

 

– Gracias -dijo con aires irónicos el interior del pequeño David, inconscientemente-, por educarme en ser un robot con dos manos, dos pies, y un corazón que bombea, pues parece que solo queréis eso: que bombee -y que no sienta ni padezca- hasta que muera.

 

Sin manchas, ni caídas, ni cicatrices.

 

 

Qué rabia, y cuánta tristeza reproducimos, que ya ni permitimos lo divertido de lo incorrecto, ya no educamos en lo transgresor de ser libre. De sobra sabemos que de haberse metido a aquel charco y haberse manchado y mojado, y quién sabe qué más, su madre no le habría dicho con una sonrisa inmensamente gigante y resplandeciente, propia de anuncio: “no pasa nada, hijo, las manchas enseñan a vivir“. Pero, joder, ¿quién no ha sido pequeño? ¿quién no ha soñado con asaltar a un arbusto que tenía pinta de forastero y ha acabado arrancándole un puñado de tomatitos para tirárselos y darle su merecido? ¿quién no ha lanzado todos los cojines y almohadas por el suelo de casa tras imaginar que era lava, y que había que ir pisando esas piedras -tan blandas- o si no, adiós pie, y a ver entonces quién salvaba a la princesa, o al príncipe, de la torre más alta del castillo? ¿quién no se ha despistado alguna vez al pintar, pensando que el folio continuaba en la pared y así, sin pretenderlo, ha acabado haciendo un garabato que ha sido mural decorativo del pasillo? ¿quién no ha podido evitar partirse de risa al lavarse los dientes a un ritmo desenfrenado y verse frente al espejo, y por consiguiente, ponerlo todo perdido al escupir sin dirección todo el enjuague y la pasta? ¿quién no ha comido espaguetis con tomate y…? y qué leches, en esto no hay más pregunta: los espaguetis con tomate son deliciosos, pero salpican, porque son deliciosos, y manchan, porque son deliciosos, y nos dejan los morros rojos, porque el tomate frito es rojo, y delicioso. ¿Quién no ha jugado más de la cuenta (perdón por la expresión) hasta perder la noción del tiempo y olvidar la tarea del cole para casa algún día? ¿quién no ha pensado que la taza del váter nos puede tragar, o que el agujero del fregadero esté lleno de bichos feos con cientos de pelos, o que en la esquinita más recóndita de nuestra habitación habitan las musarañas, o que debajo de toda cama sabemos de sobra que duerme un monstruo grande, gigante, enorme, que nos quiere coger la mano tonta mientras dormimos y que sería imposible no verlo? Quien no haya sido un niño que deje de leer este puto relato porque entonces para él ya no hay más cuento.

No, si soy yo el escritor que lo cuenta.

 

 

Por eso, y para todos los demás, los que aún creen que un abrazo plantario puede romperle las piernas a la depresión y a la ansiedad, o para quiénes aún le ponen agua a los camellos la noche del cinco de enero, o para aquellos que creen que la risa es el mayor arma de construcción masiva, he inventado otro final, uno alternativo, porque soy escritor y me apetece hacer lo que me dé la gana, como si me cuento la vida con poesía. Porque lo necesito. Porque a ratos creo ser Peter Pan. Porque quizá hay quién me lee y está cansado de regañar y regañar y regañar, o porque quizá a veces el espejo no nos cuenta lo que más nos duele escuchar: la verdad. O tan solo y quizás porque a veces la realidad se cree más poderosa que la imaginación, y ni de broma.

 

 

– ¡Corre, que ahora no te ven papá y mamá! -le dijo Goliat a David incitándole a que lo hiciera y se lanzara a aquel charco de agua de lluvia.

 

– ¡Allá voy!- gritó lleno de júbilo e inocencia.

 

Y el pequeño David saltó y saltó sobre aquel charco con tantas ganas, y con tanta fuerza, y con tanto ímpetu, que acabó perdido, empapado, hecho un auténtico cuadro de Picasso. El pequeño David se pensaba que era un ser iluminado que había sido enviado para luchar contra las fuerzas del mal, y que con cada impacto de sus pies contra el suelo mojado mataba a cientos de malvados villanos.

 

Cuando volvieron al banco, su madre no daba crédito a lo que veía, puso el grito en el cielo, y el padre, entre decepcionado y enfurecido, les frió a palos -verbales- y les propinó alguna que otra cachetada en el culo de ambos. Resultado: ¡castigados sin consola un año! A uno por empaparse y al otro por permitirlo. ¡Vaya disgusto!

 

 

Me colé en su casa horas más tarde. Observé cómo sollozaban cada uno encerrado en su propio cuarto, y además pude ver pequeñas gotitas por el suelo que indicaban el camino a la habitación de David, como si su esencia de niños aún les acompañara y me hubieran dejado ‘migas’ a lo Hänsel y Gretel para seguir su rastro y así no perderme.

 

Sonreí.

 

Y sé que ellos serán felices, que el disgusto pasará, y que al final, del año sin consola pasaremos al próximo fin de semana ‘sólo diez minutitos y no os emocionéis’.

 

 

Y es que si lo pensamos, no es para tanto; de verdad, que no es para tanto. Que nos empeñamos en enseñar matemáticas y lengua, y conocimiento del medio, e inglés, y piano, y violín, y teatro, y compórtate y recoge y saluda y da las gracias y… ¡joder! ¿cuándo coño enseñamos a vivir? ¿a jugar y a hacernos daño, a caernos y saber que lo siguiente será levantarnos, a llenarnos la piel de heridas que pronto serán cicatrices que de mayores contaremos como las mejores anécdotas de los años que se nos fueron?.

 

Ahora somos adultos que a menudo esconden fantasmas de niños pequeños en sus pestañas. Y cuando una se desprende, corremos rápidamente a un callejón escondido, donde nadie nos pueda mirar, ni juzgar, y entonces, con ella posada sobre la yema de nuestro dedo más índice, soplamos. Soplamos erizándonos la piel. Lo hacemos para pedir un deseo que no es más, siempre, que volver a desear con soñar.

 

Somos manchas, somos caídas y cicatrices. Somos parte de un anuncio de detergente, de ese que tanto hemos odiado. Pero esto… esto no es más que un relato escrito en un día de lluvia de un mes de marzo cualquiera. Y la vida… la vida está ahí fuera, para vivirla, para salir a mojarnos hasta las trancas, para saltar en los charcos, y bailar pisándonos los pies mientras miramos hacia arriba y vemos cómo las gotas de lluvia se estrellan contra nuestras pestañas. Haciendo malabares, regándonos los sueños.

LA VIDA NUNCA ACABA.

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La vida nunca acaba.

La vida nunca acaba. Nunca.

Ni siquiera lo hará cuando estés muerto, cuando tu corazón se haya parado por una arritmia cardíaca, por viejo, por algún otro problema de salud o por vete a saber qué.

Quizá mañana despiertes y al cruzar la calle despistado porque te molesta una chinita dentro del zapato, ¡zas!, te lleve un coche por delante. Un coche conducido por alguien que pensaba por un instante cambiar de cd para poner su canción favorita. Somos maravillosamente eso: el atropello no fortuito en la canción favorita de alguien. Y no tendrá mejor desenlace si en lugar de una chinita jodiéndote en el pie, te despistas por ir atontado, sonriendo, porque esa mañana especialmente te sientes feliz, alegre y distraído. No, porque el coche te habrá llevado por delante igual. La vida seguirá, sin ti.

Y no es rocambolesco, ni morboso, ni violento, ni siquiera es innecesario. Simplemente es, como es posible que mañana mueras por alguna de las infinitas razones por las que la gente se muere de repente. Y es bonito que lo sepas, es incluso hasta imprescindible que estés en el breve conocimiento de que tu existencia en este cuerpo que hoy tienes, tal como lo conocemos hasta la fecha, es limitada. Es bonito. Créeme.

Por eso, no dejes para mañana lo que te apetece hacer hoy. Que somos lo que hacemos, que somos lo que vivimos, pero también somos lo que ponemos en negativo. Lo que no hacemos, lo que no vivimos. Y no es mejor ni peor un camino u otro. Nadie se salva de morir por haber visto los rincones más recónditos y los lugares más fascinantes del planeta, ni por haberse besado con más de cien personas y haber descubierto el sexo de doscientos cuerpos, tampoco por haber ayudado a todos y cada uno de los viejecitos que veía esperando a que pasara su suerte para cruzar de acera, ni incluso quién ha decidido arrancarle la vida a otro ser humano. Nadie, absolutamente nadie se salva. No hay dios conocido que haya hecho eterno e inmortal a Gandhi, a Mandela, o a Martin Luther King. No hay algo que podamos hacer extraordinamente excepcional para ganarnos ese gran premio, ese estatus, y que dado el hipotético caso, ¿quién lo querría verdaderamente? ¿quién, por absurdo, querría vivir en una eternidad inmensa?. Qué importa eso, no te preguntes demasiado. Pregúntate hasta que tu vida sienta cosquillas, y entonces abre la boca que estoy convencido que tu risa puede comerse a los monstruos y van a salir vomitadas primaveras. Yo quiero a mi familia hoy, a mis amigos hoy, a las cosas que me gustan hoy, y lo hago con un sentimiento inmortal, eterno. Supongo que eso es lo que vale.

La vida es hoy, la vida era esto. No sé si al final se ha quedado corta y no le llega ni a la punta de los zapatos a los cuentos de duendes y hadas que nos contaron de pequeños, si sería mejor vivir en una película de Disney para desparecer de la faz de la tierra con una música bonita, y con animales y flores al rededor, y hasta polvo de hadas rociándonos la cara. No sé si se pasa demasiado rápido que parece que cuando termina el verano ya empieza la Navidad. Lo que sí sé es que tenemos cada día la oportunidad de cambiar algo si no nos gusta, de aceptarlo y reconducirlo, de ser mejores, de hacernos mejores, de darnos abrazos bien dados, abriendo hasta el límite nuestros brazos y luego buscando el pliegue y la presión necesaria que de manera natural nos hagan crear un fuerte, tan fuerte, que todos nuestros soldados se rindan y nos hagan ser más humanos.

Lo que sí sé es que el cuerpo en el que lates es tuyo, solo tuyo, con tus curvas, con tus abdominales, con tus tetas, con tu patillas. Olvídate de los cánones de (im)belleza.

Lo que sí sé es que si consigues quererte ya tendrás mucho ganado. Quiérete, mereces tanto la pena.

Hoy es la respuesta, y la razón más firme. No importa el resto.

Hoy es cuando puedes empezar a dejar de fumar, a dejar de comerte las uñas.

Hoy puedes desempolvar las deportivas que te compraste el uno de enero y echar a correr. Quizá no aguantes mucho. Quizá descubras lo bonito que está el parque.

Hoy puedes probar a cocinar una nueva receta, y escupirla al instante porque te ha salido de puta pena. Pero siempre puedes reírte contigo mismo, e ir al Mc Donald’s. No abuses, pero puedes.

Hoy puedes escuchar la música que te apetezca al volumen que te haga mover hasta las células que habitan en tus cojones o en tus ovarios. Puedes, pero recuerda que también hay vecinos a los que les gusta el silencio. Somos complejos, es lo que hay.

Hoy puedes sentirte lícitamente perdido, parado, sin trabajo, pero no sin esperanza. Ánimo, pide ayuda, y equivócate. Trabaja por disfrute, busca algo en lo tuyo que te motive, haz que el mundo gire. Trabaja si quieres para ganar un dinero que te haga soñar más fácil y más fuerte.

Pero sueña libre, que nada te frene. No dejes que te convenzan.

Hoy puedes quejarte de que no vives en un chalet con piscina, ni tienes un coche de alta gama, o de que ya se está acabando el verano. Que sí, que puedes quejarte de lo que quieras. Pero qué rollo.

Hoy puede que estés triste, que sientas el corazón partío. No te lo tomes a mal, pero confía en ti: todo pasa.

Hoy puede que la depresión y la ansiedad se asomen en el pecho de alguien que quieres. No trates de convencerle de que tiene que ser feliz. Trata de sembrar tréboles en su aire. Túmbate a su lado en el frío suelo, algún día el techo ya no estará tan lejos.

Hoy puedes llamar a mamá y decirle que la quieres, o puede que no puedas por alguna razón irrevocable, pero piénsalo, piénsala, y llévala allí dónde sientas, donde respires, porque madre no hay más que una, ni abuela.

Hoy puedes lanzarte al vacío, sentir frío, y abrigarte. Puedes enviar ese whatsapp, ese email, ese mensaje a ese alguien. O puedes enviarle una carta y colaborar con la causa de lo romántico.

Hoy puedes querer ser océano y mar, bañarte en su agua salada y dejarte llover. Si estás cerca, hazlo, corre desnudo por la playa, y lánzate a que una ola se estrelle contra ti.

Hoy puedes adoptar un perro, un gato, o sonreír a un niño. Puedes plantar un árbol, o tratar de mantener con vida el cactus que te hace compañía en tu habitación.

Hoy puedes dar las gracias al panadero, creer en lo inocente de dejarle lo sobrante de la paga al mendigo. Puedes perdonar que el humor se haya ausentado del banco, o guiñarle un ojo y sacar la lengua.

Hoy, ahora mismo, puedes dejar de leer esto porque quizás te resulte un texto más de autoayuda, fácil, de optimismo barato, o puedes continuar hasta el final y sentir algo. No sé. Incluso puedes compartirlo. A veces nos podemos contar secretos que nos hacen el interior más llevadero.

Hoy puedes celebrar tu cumpleaños, llamar a un amigo, ver fotos antiguas, o puedes disfrutar de no hacer nada. Puedes ver una película que te gusta, puedes tratar de ayudar a un refugiado, puedes disfrutar del sexo, o escribir algo.

Haz algo, hazlo mucho, hazlo mejor.

Deja tu huella.

Porque la vida nunca acaba. Nunca.

Pero nosotros sí. Y un día todo como lo conoces ya no te verá porque te habrás ido. Quizá sin despedirte -intenta no decir adios, siempre hasta luego-. Porque un día te habrás ido, y desconozco el paradero. Mejor así.

Me quedo hoy, siendo presente, sabiendo que en mis ojos guardo las verdades más absolutas, que en mis latidos se escriben las poesías más sinceras, que en mis manos habitan los seres que más necesito, que en mi risa se recrea el universo.

Que estoy vivo hasta que un día la canción favorita de alguien me lleve por delante. Y puede que me enamore, o puede que me mate.

Hasta entonces y hasta que se demuestre lo contrario, estoy vivo, y me siento muy responsable.

Que hoy puede ser un gran día, plantéatelo así, que ya me lo ponía mi madre todos los sábados por la mañana en casa, a todo volumen.