EL ARMA MÁS PODEROSA DEL MUNDO

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El arma más poderosa del mundo.

He soñado con un niño
y una hoja de papel en blanco.
Frente a sus ojos
un abismo de libertad
infinita,
a veces aterradora,
siempre liberadora
y bella.
En sus manos
el arma más poderosa del mundo.
Podría pintar palomas blancas
sobre un amanecer en Jerusalén
o una casa con jardín
llena de claveles rojos,
pero ha dibujado barrotes grises
tras los que se escondía
una boca con los labios sellados,
vacía de primaveras,
y unos ojos habitados por la tristeza
en los que el miedo se hacía paso
porque ha visto por las noticias
que dibujar puede acabar con tu vida
si te descuidas.

Y es que parece
que ni al humor le permitimos
que nos deshaga de lo triste,
y que nos haga el amor sin diferencia
como si fuera risa en orgasmos,
o viceversa.
Porque es que parece
que las voces sin razón
de seres omnipresentes
protagonistas intocables
de libros con más polvo que verdades
tienen más poder en nuestras vidas
que la propia sangre
que nos corre por el interior.

Me he sentado junto a ese niño triste
al que este mundo roto
ha borrado la sonrisa.
He permanecido en silencio,
a su lado.
He cogido su lápiz,
y lo he partido en dos
dejando sangrar la mina
y el niño ha llorado.
Le he mirado,
y he amado su dolor
por saberle humano.
Pero he cogido un sacapuntas
y sus lágrimas han parado
al ver cómo la barbarie
se combate las manos de quien quiere
sentirse a salvo.

Juntos hemos dibujado,
él con su trozo de lapicero,
yo con lo restante salvado,
un mundo con miedo,
asustado,
como de luto.
Pero también un rifle a un lápiz pegado,
en revolución contra el fanatismo,
un papel agujereado de flores brotando,
cientos de palabras acallando las voces
de dioses sin corazón,
ojos en cuerpos tan diferentes
que resulta casi maravilloso
vislumbrar cómo en todos ellos,
sin excepción,
hay alas queriendo alzar el vuelo.

Somos aire,
pájaros en la cabeza,
oxígeno en los pulmones,
la vida en un atardecer de verano.

Somos sirios, iraquíes y afganos,
homosexuales,
mujeres,
negros,
personas con discapacidad
o ancianos,
en lucha contra la violencia
y la injusticia,
portando la tolerancia
como la mejor religión
jamás inventada.

Somos un muro de Berlín derribado,
los cimientos inquebrantables de unas torres gemelas
en un Nueva York lleno de rascacielos,
aviones surcando el cielo
renegando del infierno,
el alma imbatible de los trenes en Madrid
pasando por Atocha.

Seres humanos,
sin necesidad de sentir hambre por ser libres,
sintiéndose ya libres
por el hecho de ser humanos.

 

Fer Probanza

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